miércoles, 28 de octubre de 2026

RATOS.


Cuando, en tu aspecto de odalisca, te veo reposar entre telas de Damasco, alfombras persas y colgaduras multicolores, no puedo menos que dejarme arrastrar por la languidez de los gustos orientales. Así, me limito a contemplarte mientras las volutas de mi pipa, las circunvoluciones del humo, moldean el aire asemejandose a ti en los movimientos, como si todo formara parte de un ensueño que rechaza el tiempo y los recuerdos, las pasiones.


Ocurre también que, sin saber cómo, siento deseos de quererte, y es entonces cuando te visto con mis mejores galas y alardeo de tí, de mí, y de todo lo que nos rodea.


Para que no te escapes, urdo ciudades enteras de motivos y razones; luego paseo por sus calles inventadas, ya decidido  ya huraño, ya escondiéndome como un ladrón o sopesando los cruces que ignoro si me acercan o me alejan de tí. Luego, tras mucho andar descubro que no es así, que nada es como creía y que la geografía recorrida no tiene nada que ver contigo.
Es en estos momentos cuando aprendo que las distancias son espejos engañosos y que tú no eres más ni menos real que los símbolos y las apariciones.


Otras veces te miro, simplemente.


Cuando no espero misericordia me acerco a tí sólo con el alma y asomo mi decepción sobre el borde de un pozo misterioso formado por tus gestos ( los míos), los recuerdos embarullados, la espera infructuosa, el hollin de los arrebatos, los malencuentros, las desazones y las posibles lágrimas abortadas, tuyas y mías.


Mis continuas referencias a tí, a tu cuerpo y costumbres, hacen aparecer por contraste un sinfín de apariencias que se multiplican en ecos y reflejos, llevando cada una parte de tí, ( o llevando tú parte de cada una de ellas ) de manera que vienes a ser el crisol o la clave de todo lo que fantaseo en este sentido, como si en tí tuvieran vida cada cada uno de los posibles encuentros que espero consumar, o que temo, y cuya posibilidad añoro o acaricio.


- ¡ Mi héroe!, dices mientras desenvaino mi espada y, placentero, arremeto contra tí.
- ¡ Mi héroe !, repites algunas  veces.


- Huyamos del letargo - mirando el sol poniente, o la espesura, o algo así.


Aquí, allí, o en cualquier parte, nuestros ojos de tormenta delimitan una linea perfecta, encantadora en su intensidad, cautivadora en su plenitud.


También pueden darse estos dos casos.
Yo, inclinado el ánimo hacia el magnetismo de tu imagen, casi exclamando en un jadeo:
- ¡Mi estrella!, quieta o surcando los cielos seré tu sombra constante.
O bien:
- ¡Zarzamora y cascabel! ¿cómo alejarme de tí sintiendo esta ligadura?


Los momentos de silencio guardan tras de sí conversaciones interminables que nunca verán la luz. Las frases, por su parte, tambien adquieren significados disímiles y ambiguos cuando son intercambiadas, como si en el trayecto entre nosotros sufrieran un proceso de metemorfosis, de cambio y perturbación; de tal manera que al llegar a su destino no son las mismas que salieron de nuestros labios siglos antes  con alguna misión que siempre desconoceremos.


Hay momentos remotos en el espacio y en el tiempo en los que, juntos o por separado, soñamos futuros encuentros cada vez más afinados, cada vez más satisfactorios, con un mayor contenido en esperanza, en perfección, o en la sustancia que modela los sueños.


Llegan también los momentos que hacen aflorar tu imagen infantil  y entonces me alegra que seas niña, que quieras jugar y hacer diabluras, y que te pierdas también y tengas miedo, o que el mundo te asuste para que vengas a mí buscando orientación, o ayuda, o compañía.


En un momento de alta definición nos encontramos en el bosque, hierba, manantial o río y honramos al amor cuatro o cinco veces, hasta que la presencia de la luna nos nubla la visión y nos dedicamos a hablar con susurros de terciopelo sobre flores y unicornios. Este es, sin duda, uno de mis cuadros favoritos.


Igual que enemigos irreconciliables, nuestros caminos se juntan tan solo para alimentar la llama de la guerra. Después, ya en los parapetos, rumiamos estrategias y traiciones, golpes bajos y artimañas; o nos resignamos ante la evocación de las derrotas y cuidamos nuestras heridas como dios nos da a entender.


Nos veo como reunión, como cita o previo acuerdo, como imposible; como dos, como uno, como discordia, como llave o puerta abierta, como dosel o muro, como batalla, como miedo; como un barco navegando, varado, desguazado, en construcción; como viga maestra, como torre o ciudad en formación, ya derruida; como acto y lugar de compreventa, como el mar en cualquiera de sus formas, como vía, carretera, camino o senda vecinal; como montaña picuda, sima o volcán; como un par de ladrones que se roban sin parar, como prueba, como engaño, como mal menor; como novela (tragedia, comedia, farsa, epopeya), como mil amores, o dos mil, o dos, o uno; como sucesión de vidas (semejantes, paralelas, distintas, juntas, ajenas), como tropel o algarabía, como ocasión, como tormenta seca, como caudal; como lobos, patos, palomas; como nosotros dos o como el mundo entero.


La multitud de ocasiones de concierto o descalabro nos rodean en todo instante, y no es la verdad o la mentira lo que juega entre nosotros, con nosotros o a pesar nuestro, sino que, fascinados por un gesto, un estado o una predilección, todo se aleja y difumina excepto un momento y coyuntura singular, una posibilidad que se fija y fortalece eclipsando a todas las demás. Son los eventos felices o desgraciados que nos llevan y nos traen, ellos a nosotros y nosotros a ellos, sujetos todos a designios ignorados, a ires y venires a los que quizás sólo nosotros podamos conceder un significado, una dirección y un provecho.

No hay comentarios:

Publicar un comentario