Si las fronteras funcionan, si quien entra ilegalmente es devuelto y si disminuyen los flujos, aparece una pregunta obscena: ¿qué hacemos con toda la industria que vive de gestionarlos? Subvenciones, convenios, centros, proyectos, asesores, empleados, campañas… Mucha «solidaridad», pero siempre con presupuesto.
Hay negocios que necesitan clientes y otros que necesitan problemas. El negocio de la inmigración necesita que el problema nunca termine. Así que cuando algunas ONG protestan contra las expulsiones inmediatas, quizá convenga dejar el pañuelo humanitario y sacar la calculadora. Sin inmigrantes que atender, ¿de qué viven quienes cobran por atender inmigrantes?
Cristina Martín Jiménez.
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